Satori en Pantitlán

En Chaba­cano, a más de dos met­ros bajo tier­ra, se percibe ya ese olor a pet­ri­cor que anun­cia la llu­via. Sin embar­go, des­de las fauces del metro es imposi­ble notar el cam­bio cromáti­co del cielo; no hay aviones ni pájaros. Solo que­da el calor asfixi­ante que se vuelve per­cep­ti­ble al lle­gar a este trans­bor­do, donde implo­sio­n­an los recuer­dos que vienen de Pan­ti­tlán, Tacubaya, Garibal­di y Tasqueña, chocan­do en el mis­mo sen­ti­do que los pun­tos car­di­nales. Chaba­cano se con­vierte así en el núcleo donde todo colap­sa, dejan­do restos en el aire: peda­zos de memo­ria que me provo­can un sopor pesa­do entre la mul­ti­tud.

Es un esper­pen­to de gente que defor­ma el met­al de los vagones, mien­tras las vías se van encar­nan­do con el lodo del antiguo lago de Tex­co­co y el humo de los besos se pet­ri­fi­ca como ruinas que aún no han sido des­cu­bier­tas. Recuer­do entonces cuan­do recor­ri­mos jun­tos los pasil­los de este laber­in­to; hoy, el eco de su voz se con­funde con la inter­fer­en­cia de los túne­les. Un día ella tomó una línea dis­tin­ta y, des­de entonces, el calor de los vagones se volvió inso­portable. Hoy los espec­tros de nue­stro amor via­jan, irre­me­di­a­ble­mente, en líneas para­le­las.

—Her­mano, despier­ta, ya lleg­amos— me dice un descono­ci­do, sacud­ién­dome el hom­bro.

Al salir del vagón, entre el parpadeo del des­per­tar, veo a lo lejos una silue­ta. Es ella, estoy con­ven­ci­do de que lo es. Me desli­zo entonces entre la mul­ti­tud, abrién­dome paso mien­tras saco la car­ta de mi mochi­la, aque­l­la que había guarda­do tan­to tiem­po. Con el sobre en la mano, ignoro a la gente que obser­va de reo­jo a un demente cor­rien­do por el pasil­lo que une a la Línea 9 con la Línea A. Procuro no perder­la de vista, debatién­dome inter­na­mente sobre si, al cruzarla, debo mirar­la o no; a veces uno hace lo con­trario de lo que pien­sa.

Me deten­go y avan­zo sin saber qué hac­er, ensimis­ma­do entre la marea de cuer­pos, has­ta que me lan­zo con un últi­mo impul­so para evi­tar perder su ras­tro. Llego final­mente a las escaleras hacia el andén de la Línea A, pero su ros­tro se ha per­di­do ya entre el olor del car­bón y la mul­ti­tud dan­tesca de la estación. Aho­ra solo veo su cara refle­ja­da en cada pasajero. Mi car­ta se ha frag­men­ta­do como los péta­los de una flor, como el llan­to roto en mil lágri­mas, y cada descono­ci­do lle­va aho­ra, sin saber­lo, una letra de lo que nun­ca le pude decir.

Autor

  • Alejandro Correa

    (Ciu­dad de Méx­i­co, 2002) Estu­di­ante de la Fac­ul­tad de Med­i­c­i­na Vet­eri­nar­ia y Zootec­nia

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