
En Chabacano, a más de dos metros bajo tierra, se percibe ya ese olor a petricor que anuncia la lluvia. Sin embargo, desde las fauces del metro es imposible notar el cambio cromático del cielo; no hay aviones ni pájaros. Solo queda el calor asfixiante que se vuelve perceptible al llegar a este transbordo, donde implosionan los recuerdos que vienen de Pantitlán, Tacubaya, Garibaldi y Tasqueña, chocando en el mismo sentido que los puntos cardinales. Chabacano se convierte así en el núcleo donde todo colapsa, dejando restos en el aire: pedazos de memoria que me provocan un sopor pesado entre la multitud.
Es un esperpento de gente que deforma el metal de los vagones, mientras las vías se van encarnando con el lodo del antiguo lago de Texcoco y el humo de los besos se petrifica como ruinas que aún no han sido descubiertas. Recuerdo entonces cuando recorrimos juntos los pasillos de este laberinto; hoy, el eco de su voz se confunde con la interferencia de los túneles. Un día ella tomó una línea distinta y, desde entonces, el calor de los vagones se volvió insoportable. Hoy los espectros de nuestro amor viajan, irremediablemente, en líneas paralelas.
—Hermano, despierta, ya llegamos— me dice un desconocido, sacudiéndome el hombro.
Al salir del vagón, entre el parpadeo del despertar, veo a lo lejos una silueta. Es ella, estoy convencido de que lo es. Me deslizo entonces entre la multitud, abriéndome paso mientras saco la carta de mi mochila, aquella que había guardado tanto tiempo. Con el sobre en la mano, ignoro a la gente que observa de reojo a un demente corriendo por el pasillo que une a la Línea 9 con la Línea A. Procuro no perderla de vista, debatiéndome internamente sobre si, al cruzarla, debo mirarla o no; a veces uno hace lo contrario de lo que piensa.
Me detengo y avanzo sin saber qué hacer, ensimismado entre la marea de cuerpos, hasta que me lanzo con un último impulso para evitar perder su rastro. Llego finalmente a las escaleras hacia el andén de la Línea A, pero su rostro se ha perdido ya entre el olor del carbón y la multitud dantesca de la estación. Ahora solo veo su cara reflejada en cada pasajero. Mi carta se ha fragmentado como los pétalos de una flor, como el llanto roto en mil lágrimas, y cada desconocido lleva ahora, sin saberlo, una letra de lo que nunca le pude decir.
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